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La figura del Psicólogo Especialista en Duelo ¿Qué hace y por qué?

A medida que vamos desarrollándonos como personas, a lo largo de nuestro ciclo vital, la pérdida de un ser querido pasa a ser una experiencia común. A pesar de que nuestra naturaleza como ser humano está sometida al cambio continuo y, por consiguiente, al aprendizaje de estrategias y a la adquisición de recursos para la superación de una pérdida afectiva, existen situaciones y contextos específicos que conforman todo un escenario donde aflora la vulnerabilidad del doliente. Aunque, generalmente, las personas disponen de las habilidades suficientes para adaptarse al fallecimiento de un ser querido, como así lo matiza la literatura escrita al respecto, la labor profesional del psicólogo ante una persona que sufre por la muerte de un ser querido adquiere una trascendental importancia de cara a su afrontamiento, tanto en el momento más inmediato como en las fases posteriores del duelo.

 

En nuestra sociedad occidental es un tabú hablar sobre la muerte, en gran medida debido a los miedos asociados a ella misma como acontecimiento, a sus efectos y consecuencias relacionadas, ya sea por la fobia hacia la inexistencia, al recuerdo de experiencias pasadas, al dolor, etc. Y aunque la pérdida de un ser querido es una realidad a la que todos estamos expuestos, nosotros, como personas, y nuestra cultura, se encuentran aún en el camino hacia la aceptación de la muerte como un acontecimiento afín a nuestra propia existencia. No obstante, el ser humano es esencialmente emocional y ante una pérdida las emociones son difíciles de suavizar, por lo que su evolución ha dado cabida a rituales de despedida y de acompañamiento que vienen a protagonizar los mecanismos presentes en una sociedad para decir adiós y atenuar el dolor ante la pérdida.

 

Es cierto que ante las adversidades el ser humano empatiza con el otro y tiene tendencia a ayudar. Ante el dolor ajeno generalmente solemos asumir diferentes roles, o bien queremos auxiliar y prestarle atención a esa persona, ofreciéndole palabras de consuelo, atendiendo a sus necesidades fisiológicas o de afecto, o simplemente dedicarle el apoyo con la presencia y compañía. Son rituales de acompañamiento en el dolor acogidos generosamente en nuestra cultura y que brindan un apoyo social necesario y tremendamente vinculante para el afrontamiento eficaz del duelo. Y es que las personas no hemos nacido con las herramientas necesarias para conocer cómo podemos actuar ante el dolor ajeno, sino que hemos aprendido del otro, según sus formas de actuar, por imitación, o funcionamos de acuerdo a cómo nos gustaría que los demás actuaran con uno mismo. Sin embargo, estas pautas de actuación voluntariamente llevadas a cabo por familiares y amigos cercanos resultan insuficientes en ciertos casos, e incluso ineficaces, dado que existen ciertas condiciones, presentes en la persona, en su alrededor o en las circunstancias de la pérdida, que requieren de un profesional cualificado que pueda atender el malestar psicológico del doliente.

 

La atención psicológica a familiares o amigos en el momento del fallecimiento de un ser querido conserva unas características singulares en el contexto en que se desarrolla. De hecho, aunque esta ayuda psicológica no está destinada a atender una psicopatología, sino unas necesidades, el psicólogo desarrolla unas funciones de acuerdo con unos objetivos previamente establecidos. He aquí cuando al lector le puede surgir la pregunta: ¿y por qué un psicólogo?

 

          Resultaría oportuno delimitar al psicólogo como un profesional cualificado y competente para tratar los problemas emocionales; sin embargo, sus pautas de actuación y el papel que asume en estos contextos trascienden lo popularmente reconocido en la profesión. Principalmente, el psicólogo ejerce su labor con la finalidad de cubrir unas necesidades inmediatas, si es en el momento más agudo de la pérdida, y de prevenir complicaciones futuras en el proceso de duelo. Por ello mismo la posibilidad de que este profesional pueda atender al doliente desde el primer instante en que se produce la pérdida resulta especialmente relevante de cara al cumplimiento de los objetivos, tanto a corto como a medio y largo plazo.

 

           Si nos acercamos más a su labor profesional, una vez que está en contacto con el doliente, es en ese mismo momento cuando nos representa la cara más humana de esta profesión. Nos referimos al instante en el que dos personas se aproximan para hablar, donde una transfiere su pena, su angustia y desesperanza a la otra, y ésta las acoge para valorarlas y trabajarlas con la idea de aliviar, en cierta medida, ese dolor. A veces sólo es cuestión de escuchar, o de escuchar y favorecer el desahogo emocional; sin embargo, en todo momento el psicólogo está evaluando todas las características y circunstancias presentes, ya sean personales, familiares, situacionales, etc., con la finalidad de establecer a muy corto plazo sus pautas de actuación. En su procedimiento el psicólogo intentará evaluar a la persona a nivel fisiológico, cognitivo, emocional y conductual, de modo que cualquier palabra, decisión o conducta emitida por él va a interferir en todas estas dimensiones de la persona. Como medidas inmediatas, tras la pérdida, intentará valorar la existencia de un estado de shock o de negación de la realidad en el doliente, con la finalidad de poder reorientarlo o acercarlo a la realidad. En este instante son fundamentales las maniobras conductuales y la palabra, la que puede trascender, articular los pensamientos y las emociones y ubicar al doliente en un escenario de dolor que permita el camino hacia la aceptación. Asimismo, es preciso valorar los niveles de ansiedad, de observar sus picos y controlarlos con pautas conductuales, siempre teniendo presente el estado de normalidad, acorde con la situación experimentada. Sin embargo, son las emociones las que mayormente van a desbordar a la persona, por la tristeza, la pena, la desesperanza, la ira, la rabia, la culpa, etc., delegándole al profesional el papel para su reconocimiento y regulación. También la conducta observable va a dar ideas al psicólogo sobre cómo está llevando la persona su proceso de duelo, de modo que tanto el llanto como el silencio, así como su apertura hacia el contacto social, son señales que le guiarán en su tarea profesional.

 

           A corto plazo la labor terapéutica va a girar en torno al doliente, a la familia y a los contextos más cercanos como los amigos y el trabajo, pero la valoración del proceso de duelo va a estar sujeta a los cambios que puedan surgir en el tiempo y en diferentes áreas. Por ello, la calidad de la relación que se puede establecer en el momento más agudo del duelo va a resultar crucial para la intervención posterior. Cabe decir que no existe un tiempo preciso para la recuperación total de una persona en duelo, ni que haya una receta que cure heridas emocionales tan profundas como puede dejar una pérdida traumática. Sin embargo, el acompañamiento en el duelo por parte del terapeuta o, en casos específicos, la terapia psicológica, pueden resultar viables y eficaces en circunstancias en las que al doliente se le hace complicado sobrellevar su dolor. De este modo, la intervención se basa en estrategias o técnicas complementarias que abren el camino de la persona hacia la aceptación de la pérdida, en sus emociones y pensamientos, para finalmente reajustar sus emociones y rehacer su vida sin la presencia de ese ser querido. Para ello resulta esencial el trabajo de las emociones del doliente, de ayudar en la construcción de un significado de esa pérdida con el fin último de ubicar al fallecido en el recuerdo. Aunque no todas las actuaciones van a girar en torno a la esfera emocional, también el control y la prevención de los síntomas de salud físicos que pueden surgir después de unos meses transcurridos tras la pérdida, o la activación conductual del doliente, son objetivos fundamentales en el trabajo terapéutico para la resolución positiva del proceso de duelo.

 

          Cabe destacar asimismo la importancia que adquiere el afrontamiento del proceso de duelo en poblaciones vulnerables presentes comúnmente en nuestra sociedad, tales como los niños y los ancianos. Si bien es cierto, los adultos tenemos la tendencia, a veces, de ignorar, o también por desconocimiento, que tanto los niños como los más mayores son agentes partícipes del dolor ante una pérdida y que, por tanto, requieren de una atención. En cuanto a los más jóvenes, los padres y familiares suelen afrontar la participación del menor con dudas y evasión generalmente por el miedo a su sufrimiento, por tener que darles respuestas a sus preguntas, por temor a que presencie la propia fragilidad, o por sobreprotección. En relación a los ancianos, los adultos tendemos a creer que la edad está relacionada directamente con la experiencia vivida y que, por tanto, se sobreentiende que ellos poseen una fortaleza para el afrontamiento eficaz de la pérdida; o bien se desatiende su vulnerabilidad porque se comprende que por la edad “ya es lo que toca”. Sin embargo, posicionarse con estas actitudes, eludiendo la responsabilidad que corresponde al familiar más cercano, bien alejando al menor de la realidad de la pérdida o descuidando las necesidades de atención al mayor, conlleva un comportamiento imprudente e ineficaz para el afrontamiento del duelo. Así pues, de esta forma la figura del psicólogo cobra sentido cuando intenta detectar la presencia de menores en el entorno familiar del difunto. Con ello logra informar a los adultos de las necesidades de estos pequeños y motivarlos hacia el cambio de actitud y de conductas con la finalidad de que el entorno familiar lo haga partícipe en el dolor, preservando así el derecho del niño a conocer la realidad de la pérdida, a sentir sus emociones y a elaborar su proceso de duelo. También el psicólogo valorará el escenario familiar donde haya ancianos, informando a los seres más cercanos de las necesidades del mayor al considerar las circunstancias individuales presentes y sus condicionantes, para lograr una mayor comprensión en los familiares y prevenir en el anciano la soledad, ya sea física o emocional.

 

Siempre se ha considerado al psicólogo como profesional que observa la conducta de la persona e interviene de acuerdo a sus evaluaciones. De hecho, su capacidad para observar y analizar de forma objetiva son cualidades ineludibles de un competente profesional de la psicología. No obstante, debido al carácter más íntimo del vínculo entre el psicólogo y la persona, su actuación se encuentra comprometida a cierta rigurosidad a la hora de establecer una adecuada relación terapéutica. De este modo, la cercanía del psicólogo, su escucha activa, su calidez en la palabra, su capacidad empática, su apertura emocional para tratar temas dolorosos que a la vez son necesarios de exponer, su seguridad en la toma de decisiones, así como el trato y el respeto a la dignidad del doliente y del fallecido, son condicionantes que van a mediar en el vínculo entre el psicólogo y el doliente. Así pues, la calidad de esta relación y, por tanto, la efectividad de los resultados obtenidos, van a depender considerablemente de las cualidades del psicólogo, tanto en lo profesional como en lo personal. Por ello el psicólogo especialista en el duelo, y más en concreto aquél que interviene con las personas en sus momentos más críticos de la vida, adquiere unas competencias que deben de ser procesadas consecuentemente con la responsabilidad asumida. Es entonces cuando se logra establecer una relación entre dos personas con la finalidad de llegar a un acuerdo que trasciende las vivencias más inmediatas: el aprendizaje y cambio a pesar de las heridas.

 

                                                                                                                                                                                                       Mari Carmen Gómez Ordóñez

 

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